Manuel Pellegrini volvió a generar más dudas que certezas en el empate del Real Betis en el Carlos Tartiere ante el Oviedo (1-1).
Un partido que, por contexto y rival, exigía algo más. El Oviedo llegaba como colista y el Betis tenía la obligación —sí, la obligación— de ganar si de verdad quiere consolidarse en puestos europeos. Sin embargo, desde el minuto uno el equipo salió a especular, a ver qué pasaba, sin asumir el mando del encuentro en ningún tramo claro del partido.
El Betis no tuvo el control total del juego en ningún momento. Fue un equipo plano, sin ritmo, sin una idea clara para dominar desde la posesión o desde la presión.
Da la sensación de que el plan se reduce a esperar una genialidad aislada de Antony, Fornals o el Cucho, futbolistas con talento, pero a los que no se les puede cargar toda la responsabilidad creativa. Cuando eso no aparece, el equipo se apaga y entra en una peligrosa inercia de conformismo.
A nivel defensivo, las fragilidades volvieron a ser evidentes. El equipo se desconecta en demasiadas fases del partido, algo que empieza a ser una constante en Liga. Junior Firpo sufrió mucho en su banda, desbordado una y otra vez, mientras que los centrales no estuvieron al nivel que exige un partido así. No hubo seguridad atrás ni sensación de control desde la defensa, y eso contagia al resto del equipo.
Las ausencias también pesan, y sería injusto no mencionarlas. Sin Isco, el Betis pierde su faro, el futbolista que ordena, pausa y acelera cuando toca. La marcha de Abde y Amrabat a la Copa de África también resta profundidad y alternativas. A todo ello se suma una pobre eficacia de cara a gol: al Betis le cuesta horrores marcar, incluso ante equipos de la zona baja, algo que penaliza muchísimo en una competición tan ajustada como la Liga.
Dicho todo esto, conviene no perder la perspectiva. Manuel Pellegrini ha sido, es y probablemente seguirá siendo el mejor entrenador de la historia del Betis por números y por hechos. Eso no se discute.
Pero precisamente por eso, porque el listón está alto y la plantilla es la de mayor valor de la historia del club, se le debe exigir un paso más. Un salto en los planteamientos, en la forma de competir en Liga, especialmente ante rivales inferiores.
No es una crisis, ni el equipo ha dejado de “jugar a nada”, como algunos apuntan de forma exagerada. Pero sí es evidente que la idea necesita una vuelta. Pellegrini compite en Europa y en Copa con una mentalidad distinta, más ambiciosa, más intensa. Esa versión también debe aparecer en Liga. Porque el Betis sigue vivo en las tres competiciones, sí, pero eso no puede tapar los muchos puntos dejados ante Levante, Celta, Elche, Valencia u Oviedo.
El Betis solo ha perdido ante Barcelona, Real Madrid, Atlético de Madrid y Athletic Club de Bilbao. El problema está abajo, en esos partidos que marcan la diferencia a final de temporada. Si el equipo quiere cumplir el objetivo liguero, esos puntos “menores” deben dejar de escaparse. Y ahí, Pellegrini tiene mucho que decir.

