Opinión| Sueña la margarita con ser romero

Sueña la margarita con ser romero, dice la sevillana. Y no es un verso ingenuo ni inocente. Es, en el fondo, una de esas metáforas que duelen porque dicen la verdad sin levantar la voz: soñar con ser algo más, con llegar un poco más lejos, con vestir un traje que quizá todavía no termina de ajustarse. Algo parecido le ocurre ahora mismo al Real Betis.

El Betis sueña, como la margarita, con dar ese paso que lo saque definitivamente de la duda y lo coloque donde ya cree merecer estar. Pero el camino no siempre acompaña al deseo. Ahora mismo, el equipo avanza marisma adentro, persiguiendo ciervos que corren más ligeros, intentando sostener el ritmo cuando la brisa apenas alcanza para refrescar. El crecimiento llega, sí, pero llega despacio, besando los pinos poco a poco, y el calendario no siempre espera. Y en medio de ese trayecto largo, donde todos necesitan beber en el río Quema, empiezan a pesar las cosas del camino. No se pierde el sueño, pero se desdibuja el sentío.
Y ahí es donde el Betis debe decidir si sigue soñando con ser romero… o aprende primero a caminar sin agotarse siendo margarita.

Después del febrero ilusionante, marzo y abril han sido una travesía mucho más áspera. Once partidos sin ganar antes de reencontrarse con la victoria frente al Girona no es una mala semana ni una racha puntual: es un tramo que marca. El Betis no se desplomó de golpe, pero fue perdiendo claridad, energía y convicción. Cada partido parecía exigir un poco más de lo que el equipo podía ofrecer, y cada empate o derrota iba dejando la sensación de haber llegado tarde a las decisiones importantes.

El golpe más duro llegó en Europa. La eliminación ante el Braga, después de ir ganando 2‑0, fue especialmente dolorosa por la manera. No fue solo quedarse fuera, fue cómo se escapó la eliminatoria. Cuando tocaba imponer colmillo y cerrar el cruce, el Betis dudó. Perdió el pulso. Y en ese tipo de partidos, dudar es abrir la puerta al desastre. Aquella noche dejó al descubierto una carencia que se ha repetido demasiado: dificultad para gestionar ventajas cuando el contexto exige personalidad y pausa.

Tampoco ayudó la forma de caer en Copa, donde de nuevo se compitió sin mandar, se resistió sin dominar y se salió con la sensación de haber estado siempre a expensas de lo que hiciera el rival. Son derrotas que no generan vergüenza, pero sí desgaste. Porque cuando se encadenan, empiezan a erosionar la confianza incluso sin ruido mediático.

Las lesiones han sido otro lastre continuo. Isco, cuando más faltaba, no tuvo continuidad. Lo Celso no logró enlazar semanas que dieran estabilidad al centro del campo. Y otros han tenido que cargar con responsabilidades extra, llegando muchas veces justos. El Betis ha tirado de oficio, de compromiso y de experiencia, pero cada jornada dejaba más claro que el plan se sostenía con alfileres. Más voluntad que estructura.

Los objetivos, por eso, se han reajustado sin grandes proclamas. Ya no se habla de dar el salto, sino de sostenerse. Ya no se mira con tanta naturalidad hacia arriba, sino de no perder pie. Es un discurso comprensible, incluso sensato, pero también revelador. Porque cuando un equipo empieza a medir más de lo que sueña, suele ser señal de que algo no ha terminado de cuajar.

Y es ahí donde aparece la reflexión incómoda. En entender que no siempre se falla por falta de ambición, sino por no saber transformar un buen momento en algo duradero. Que el problema no es caer, sino quedarse a medio camino cuando hubo impulso y contexto para ir más lejos.

Y mientras en Heliópolis se intenta ordenar el cansancio, el paisaje alrededor avisa con crudeza: hay sueños que se rompen cuando aparece un romero con la puntería afinada. Dos golpes bastan para pasar del deseo a la necesidad, del horizonte al abismo. Aquí no se trata de contar golpes, sino de lamentar no haber aprovechado el impulso cuando todavía había margen para construir.

- Publicidad -

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí