Opinión | Otro frío y tormentoso mes de enero

Enero vuelve a instalarse en Heliópolis como ese viejo conocido al que nadie invita, pero que siempre aparece. Frío en el ambiente, tormentoso en el césped y, sobre todo, incómodo en las conclusiones. El Real Betis Balompié atraviesa otro de esos meses que no rompen la temporada, pero sí la condicionan. Y lo peor no es que ocurra, sino que ya no sorprende.

La situación actual del equipo es tan paradójica como reveladora. Sexto en Liga, vivo en Europa y en la Copa del Rey. Objetivamente, números europeos. Subjetivamente, sensaciones de fragilidad. El Betis compite, sí, pero lo hace con el depósito en reserva, con la impresión de que cualquier contratiempo —una lesión más, un partido mal gestionado— puede hacer saltar todo por los aires.

Y enero, una vez más, ha sido el mes de las lesiones. Tercer año consecutivo en el que la enfermería se llena justo cuando el calendario aprieta. No hablamos de secundarios, sino de futbolistas estructurales: Isco, Lo Celso, Cucho Hernández, Aitor Ruibal, Bellerín, Riquelme, Amrabat… demasiadas piezas clave fuera al mismo tiempo como para seguir apelando a la mala suerte. Cuando el patrón se repite, deja de ser casualidad y pasa a ser problema.

El equipo lo nota. En el juego y en la cabeza. Falta creatividad, falta frescura y falta colmillo. Se vio en Salónica ante el PAOK, donde el Betis se congeló sin apenas respuesta. Se confirmó en Mendizorroza, en una derrota que dolió más por lo que significaba que por el resultado en sí. Partidos donde el Betis no se cae por falta de actitud, sino porque no le da. Porque llega justo. Porque no tiene plan B.

Pellegrini insiste —y hace bien— en la exigencia y en la ambición. El mensaje del entrenador es coherente y necesario para sostener al grupo, pero no puede ocultar una realidad evidente: competir en tres frentes con media plantilla en la camilla es caminar sobre una cuerda floja. Y en enero, el viento siempre sopla más fuerte.

El mercado de fichajes, lejos de ofrecer alivio, añade frustración. Las necesidades están claras y reconocidas: un delantero, un lateral izquierdo, algo de profundidad. Pero la economía manda. El límite salarial aprieta, las salidas no se concretan y las llegadas se fían al último momento, si es que llegan. Mientras tanto, el Betis sigue jugando finales con lo justo, esperando que nadie más caiga lesionado. Una apuesta peligrosa.

Aquí es donde surge la gran pregunta: ¿qué quiere realmente ser este Betis? Porque el discurso habla de ambición europea, de dar un salto competitivo, pero la planificación parece diseñada más para resistir que para crecer. Se entiende la prudencia económica, pero no puede convertirse en una coartada permanente cuando los mismos errores aparecen cada invierno.

La Copa del Rey ofrece una ilusión real, aunque el cruce con el Atlético de Madrid también funciona como termómetro. Europa sigue abierta, pero el partido ante el Feyenoord marcará si el Betis avanza con oxígeno o se mete en un desgaste mayor. Todo está por decidir, sí, pero el margen de error es mínimo.

Enero pasará, como siempre. Llegarán febrero y marzo, y con ellos quizá regresen los lesionados y las mejores versiones. Pero la sensación vuelve a ser la misma: el Betis llega al tramo decisivo del curso con la impresión de haber sobrevivido al invierno, no de haberlo superado.

Y mientras no se corrija esa cuesta de enero que se repite año tras año, el Betis seguirá preguntándose en primavera qué más podría haber sido si el frío no le hubiera vuelto a calar tan hondo.

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